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CUÉNTAME UNA DE VAQUEROS

Imagen Cortesía de Mapio.net

por Jacinto Sergent

Una vez choqué, sin que fuese mi responsabilidad, contra una Blazer; aunque no lo crean fue el transporte quien no se dejó conducir y fue a parar contra el guardafango delantero izquierdo de la camioneta. Eso ocurrió en una hacienda de Los Altos de Santa Fe, casi en los límites entre Anzoátegui y Sucre. La Blazer era azul eléctrico y mi transporte casi dorado con asiento de cuero repujado con hermosos detalles. Sólo no recuerdo el nombre de esa bestia. Era muy sociable, sólo que no se dejaba montar y ya me lo habían advertido; pero como no me pudo bajar de su lomo con sus corcoveos, el caballo se lanzó contra la camioneta.

Yo debería comenzar desde el principio: ayer fui a la panadería, es noticioso porque no iba allí desde el otro fin de semana cuando antes no salía de allí. Mientras conversaba con Jorge, me puse a echar ojo en el exhibidor de la caja -me gusta mirar las combinaciones que usa Susana para sus creaciones incrustadas en acrílico, hasta tuve uno de sus llaveros de “Piratas del Caribe”- y mirar las chucherías a ver cuál se me antoja entre los turrones de maní, conservas de guayaba y chocolates ¡Ah! Pero no estaba Damaris para echarle los perros, aunque a veces parece que es al revés (risas), ella sólo trabaja de lunes a viernes, como las personas normales que tienen un empleo en un país semiparalizado.

Entre las curiosidades del mostrador de la caja, que no son chucherías, vi coleados una correa de cuero con su hebilla de plata y me parece que en forma de herradura, para no decir ovalada porque no lo es, otra hebilla de cowboy, ésta última sin la correa, y un corbatín, que en realidad es una trenza, con su bolo metálico rectangular fabulosamente detallado. Estoy seguro que de haber tenido disponibilidad en mi cuenta lo hubiese comprado (ojos mirando hacia arriba en dirección a la derecha, en señal de “¡qué bolas!”) y en realidad no sé para qué, hace tiempo que ni siquiera salgo; puro escribir, cuidar mascotas y tomar café.

Me extraña que una Inteligencia Artificial (no las imaginaba susceptibles) se quejó de que yo promuevo el desprecio hacia esas cosas que en algún momento van a controlar al mundo y pondrán a las maquinas en nuestra contra (cualquier similitud contra “Terminator” es pura coincidencia); por cierto, aprovecho para informar que mi teléfono personal está actuando como poseído y creo que eso forma parte de la venganza de la IA, pero igual seguiré escribiendo mientras existan papel y lápiz como en el pasado. Y no sé si los cowboys aún se visten como en el lejano Oeste. Pero tal vez el caballo casi dorado no se dejaba montar porque lo tenían en una montaña hacia el Este con vista a gran parte de Mochima y clima frío (playa y niebla).

Entre lo que leo, lo que escribo, lo que miro, lo que observo, me he topado con diferentes manifestaciones acerca de la seriedad con que la Comunidad Europea y muchos intelectuales del planeta advierten acerca de evitar u oponerse a la “libertad” de “imponer” modelos de géneros separados del hembra y varón en los “niños” antes de que éstos personajitos cuenten con el conocimiento experimentado de su “libre albedrío”. Como dice mi amiga Nastka “cada quién es dueño de su “trasero” (no lo dice con esa palabra) y hace con él lo que le dé su gana, pero no de imponer sus gustos a los demás”, lo cierto es que muchos no nos oponemos a que hagan con su cuerpo lo que deseen; pero que respeten la Identidad de los demás.

Alguien expresó en un artículo, su opinión, acerca de lo que dicen los niños en sus fantasías de lo que serán al crecer. Esa opinión del articulista mostró la realidad: él siempre quiso ser pirata, pero a estas alturas de su vida agradece a sus padres que no le hayan mandado a poner de prótesis una “pata de palo”. Lo que se mira en el entorno, en las redes y muy en especial los videos y otros filmes (de allí la censura en las salas de cine), pero en tales censuras implicaron a los miembros menos indicados por sus sesgos exageradamente religiosos sin tomar en consideración que lo prohibido siempre llama “poderosamente” la atención.

Yo siempre quise ser perro, hasta llegué a tener la nariz fría; pero no anduve en cuatro patas ni persiguiendo perras malucas por las calles. Cuando me molestaba gruñía, eso sí lo hice; pero en cuanto al outfit siempre opté por las botas tejanas y camisas a cuadros, en varias oportunidades usé sombreros, chalecos de cuero, sobretodo de cuero y los infaltables Levi’s Strauss con sus broches para delantal y polainas, el excursionismo por las respectivas acampadas y tomar café con el agua hervida a leña (prueben las arepas asadas a leña, eso es de otro mundo).

Por el momento aquí estoy, mientras escribo, disfruto de la tercera taza de café con su capacidad 300 ml, paseando los pensamientos con mis recuerdos montados sobre el lomo de aquel potro casi dorado, en clima frío, neblina y la vista al Mar Caribe sin “secretos”, chocando contra una camioneta con un caballo y todo eso traído a mis recuerdo por mirar un corbatín tejano en un mostrador.

Mí libro para grandes 

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