Por Jacinto Sergent
Durante años bromeamos con aquello de la arrogancia y de las fanfarronadas según los gentilicios que se acercaban a la Región Central venezolana buscando el resuelve de las carencias en sus pueblos. Los vimos venir de localidades nacionales y algunas importadas de todos los continentes. A esos orígenes nunca le llegamos a parar al momento de transformar sus dialectos en chistes a través de las “vivencias” de aquellos. Las conductas tan diversas como ese crisol que de hecho ya éramos los venezolanos durante la segunda mitad del s. XX, después que Gómez, a punta de presos y piedras talladas, conectó los rincones del País con la Capital como si se tratara de conducir a Roma.
Aunque se dice que alguna vez limitamos la inmigración de chinos, estos comenzaron a llegar desde 1847 venidos de cuatro grandes regiones culturales; pero de eso nunca nos hablaron, no teníamos sinólogos ni intérpretes, chino era el comerciante que vendía productos baratos de mala calidad traídos de la China de aquel entonces, mucho antes que Deng Xiaoping decidiera desplazar a los Cuatro Tigres Asiáticos que también hablan mandarín. Al principio no formaron parte de nuestro crisol cultural y biológico; hoy hasta el panteón Tao-Buda-Confucianista llega a recibir ofrendas de frutas, luces e inciensos en lugares especiales de muchos hogares sincréticos.
Aunque las embarcaciones fueron creadas por cada una de esas Naciones que mojaban sus pies en aguas profundas, sabemos que los chinos y vikingos ya conocían la quilla, la brújula y pudieron navegar los “grandes charcos” que separaban las tierras mucho antes que Colón y Triana el vergatario llegaran a estos lados. No todos podían caminar sobre las aguas bíblicas, ni Roma era el final del camino. La tierra prometida no quedaba precisamente en el Medio Oriente, sino más allá de las aguas oceánicas de las “Uropas” y sus continentes vecinos. Había que izar las velas para dejarse llevar. Así llegó el “Sistema Mundo”, sin WiFi; pero a fuerza de viento y conexión con el mar.
Y del caminar sobre las aguas para llegar a la tierra prometida, caminamos al Sur, en círculos, para luego atravesar el Darien o ahogarnos en el Bravo sin morir “atropellados” por una Rober mientras esperamos el bus en el intento. Perdimos el paraíso después de ganar tantas batallas, por errores humanos y por la imprecación partidista. Nos pasó como a la sociedad de la URSS, cuando cayó por el cansancio de vivir sólo bajo dos Clases Sociales de burócratas unos y desempleados los otros. No llegamos a sobrepujar nuestra sociedad antes que hiciéramos la de Forrest Gump dejando sudor y lágrimas algo más allá de las caminatas y los senderos de nuestros Libertadores.
El gentilicio venezolano es un crisol sólido. Aunque ya estábamos aquí desde mucho antes que los europeos y los Caribes, recuerdo alguna que otra publicación de los hallazgos de Cruxent, que van más allá del Paleoindio, con evidencias de El Jobo y Las Casitas que datan más de 20.000 años, representadas en proyectiles de caza tallados en piedras, y algunos restos animales que hablan de la habilidad cazadora de aquellos habitantes. Nuestros ancestros habían dejado de ser nómadas, de hecho su construcción andina así lo demuestra; casas con paredes de piedras, barro apisonado con hierbas secas, estructuras de varas tejidas y techos de palmas. Los llegados cerca del año 1000 D. de C., sí fueron nómadas, arqueros guerreros y navegantes de orillas a islas.
Nuestra sangre conserva todos los tipos y códigos, desde genes asiáticos hasta todas las mezclas de civilizaciones recientes, sudamericanas inclusive. Aunque evolucionamos de varias Naciones nómadas, el venezolano de hoy prefiere ser estable, nuestra cultura no es migratoria, no así la de otros pueblos quienes parte de su nación está acostumbrada a emigrar por cuestiones económicas hasta huyendo de asuntos judiciales, no así la Nación Venezolana que se viene regando en el mundo por otros tipos de situaciones. Siempre fuimos abiertos a relacionarnos con nuestros invitados, así no los hubiésemos convocado en las últimas décadas como sí lo hicieron algunos gobiernos durante las Guerras Mundiales.
Llegaron, los recibimos, los llevamos a nuestras reuniones familiares del domingo y hasta cruzamos descendencia. Sí, tenemos familiares con las herméticas culturas indiana, china, mediooriental, también con nuestros hermanos peruanos, colombianos, guyaneses, panameños, chilenos, (…), mejicanos. Tuvimos “barracas” de refugiados, compañeros de empleo, vecinos. A lo mucho llegamos a juguetear con sus acentos al hablar o su exageración de algunas historias; a ninguno les quemamos sus carpas y tampoco los arrollamos con motores 8 en V a toda chola. Siempre fuimos Mosqueteros “todos para uno y uno para todos”.
Imagen: Roger Loveless, Brotherhood.
Excelente narrativa, como siempre.
ResponderEliminarGracias; Elizabeth, por leerlo y por tu comentario
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