No sé si los oídos de los Dioses o las voces de los suplicantes tienen fecha de caducidad, lo que parece estar ligado a las edades iniciales de la vida hasta mediados de la “Primera y Segunda Edad” quienes son escuchados y atendidos en sus peticiones, pues de seguro los de Tercera Edad y Adultos Mayores son muchos y ya no caben entre el selecto grupo de los 144.000 del Apocalipsis y las voces de quienes quedan fuera del conciliábulo se desfiguren en el camino para solo llegar al interlocutor etéreo “palabras necias” y por lo tanto sus oídos… sordos. También ocurre que aquellos roles etarios de la realidad bíblica han cambiado tanto, que las abuelitas del s. XXI están mejores que las nietas, al igual que aquellos tiempos vs los actuales.
Las “Profecías” de Michel, el francés de Saint-Rémy, aún con el desconocimiento de la lengua moderna y su vocabulario huyéndole a la inquisitio, han resultado más claras que otros libros insinuantes del futuro actual y no recuerdo que Nostradamus nos haya recomendado rezar para evitar los acontecimientos. Recuerdo una conversación con un amigo Zen, cuando él mencionó que la oración protege tanto a los devotos como el lugar donde habita. También se lo leí a Shatki Gawain (a quien adoré), refiriéndose a la meditación en uno de sus libros; inexorable Alcione cuando dice que los rituales no son un requisito más para alcanzar la pureza, sino tareas de hábitos para “auto disciplinarse”; el asunto es, volviendo al primero de ellos, que Hiroshima y Nagasaki pertenecen al país del Daimoku.
Me voy más allá en mi propio tiempo, cuando pregunté el porqué de tanta ceremonia, incluidas la Gran y Pequeña ceremonias (Luna Llena y Luna Nueva), en vez de buscar la consciencia espiritual a través de la meditación, me respondieron que estos tiempos que van tan acelerados no son para dedicarlo a buscar, sino que llegó el momento de actuar. Por los lados del Dharma Shastras y la India con sus más de 300 millones de Dioses, manejan una forma de organización tácita de vida: aprendizaje (desde los 7 a 20 años), ser cabeza de familia (20 a 50 años), transferir sus responsabilidades a los hijos y retirarse a la contemplación del campo (50 a 75 años) y la última etapa es la Renunciación (después de los 75 años) para dedicarse a viajar transmitiendo sus conocimientos, con su japa, el símbolo de su Deidad y leer el Gita. Claro, estas últimas corrientes se han actualizado a la vida según lo que se va viviendo (cómo Eudomar Santos, vamos viendo).
Según estas cuentas indianas, las mejores edades de educar si se le suman al tiempo de retirarse, que parece ser el mejor momento para enseñar. Aquí nos “jubilamos” en la etapa anterior y perdemos ese conocimiento extra cátedra que lleva intrínseco el docente. El mundo tendría otro rostro si la enseñanza se pareciese a la vivencia, conseja y moraleja de la gente con experiencias. Hablar de la vida en vez de dejar a los estudiantes a la deriva porque rara vez son orientados correctamente en sus hogares, además que tal vez sus mayores no tengan NPI de la PNL, docencia ni decencia (en toda familia existen de ésta última y con frecuencia son el ejemplo multiplicador a seguir).
La religión debería ser una escuela de humanismo, no de premios y castigos. En el monoteísmo existe un Dios “único”, es bueno (te da) y también no lo es (te quita, te castiga; pero es amor), te observa (omnipresencia) constantemente para premiarte o castigarte, todo lo sabe (omnisciencia) es decir que hasta conoce tus pensamientos, sabe lo que vas a hacer; pero si lo haces… castigado. Ah! Pero cuando oras, enciendes velitas, aromas, te portas según dictan las normas, respetas el templo, etc… en ese momento el Dios salió a almorzar, volvemos al primer párrafo y te das cuenta que no perteneces al club de los 144 mil.
De allí la sabiduría indiana de apartarse a deambular con sus escrituras bajo el brazo en vez de la arepa, quizás hasta vivir en damnación, o la sentencia del Tao “no es momento de buscar sino de actuar”. Ahora no salgamos a la defensiva del “cada cual se labra su destino” porque conozco muchísimos profesionales excelentes, con suficiente experiencia, que resultan no elegibles por su edad. Oran, pero siguen pasando roncha por falta de ofertas. Es que existen países donde ocurrieron saltos cuánticos al caos, alejados de los premios sutiles, mundos indescifrables para quienes no lo viven entrelazados indefinidamente.
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