Por Jacinto Sergent
No sé de quién heredé las noctambuladas de televisión en la cama; pero recuerdo que desde pequeño –aquel tiempo del único televisor familiar en la sala- he conservado ese gusto por el “Cine de trasnocho” (con el permiso de Luis Guillermo González de RCTV) hasta el día de hoy con muchísimos más recursos para continuar el relax nocturno siguiendo las imágenes de la “caja mágica” que ahora podemos llevar en nuestro bolsillo. Durante varias décadas alterné los libros de tinta sobre páginas de papel con aquellos otros inscritos en la planicie de la caja mágica, pero esa es otra historia, diurna, porque se aproxima a las tareas cognitivas más que al descanso porque el televisor nocturno, desde la cama, es tan relajante que termino dormido en cuestión de segundos.
No tengo idea de cuántas series de “Star Trek” he visto, desde la original con el personaje vulcano interpretado por Leonar Nimoi, Spock, hasta las actuales franquicias que me confunden en identificar la última sea de cine, serie o videojuego. Hace poco descubrí “Deep Space Nine” y caí en sus órbitas. De inmediato comencé a volar por los confines del Universo en sus fechas estelares que quedan registradas en las bitácoras de vuelos. Cada nuevo Viaje a las Estrellas transmite tramas más profundas, aunado a la tecnología de vanguardia que permite recrear escenarios reales en su mundo virtual y en… nuestra imaginación. Eso de la imaginación, a la que veo también adelantándose en el tiempo y el espacio, la supongo emergiendo en lo temporal y lo genético real, de hecho me fascina la idea de ese personaje simbionte, Jadzia Dax, interpretada por Terry Farrel, en Espacio Profundo 9.
Esa hermosa huésped Trill humanoide, Jadzia, lleva consigo las memorias y recuerdos de seis huéspedes anteriores donde ocupó espacio de memoria y vidas el simbionte Curson Dax. Este personaje comienza a darle “forma abstracta” a la inteligente trama (ya me encargaré yo de volverla más desordenada y atemporal), y me atrevo a agradecer que no hayan invitado al personaje del doctor Zacharías Smith (Lost in the Space) a terminar de crear enredos por toda la Estación Espacial, pero de eso se encarga el ferengi Quark. Lo que me lleva a pensar que en cada misión espacial debe haber un tripulante que eche a perder todo y vaya creando problemas que los demás deban resolver. Falta cuál astronauta, cosmonauta o “chinonauta” ha inspirado a estos personajes; de seguro que no fue “Barbarella”
Esas empresas espaciales muestran días y noches únicamente cuando la vida espacial deja las naves para imprimir sus pisadas sobre planetas, casualmente, colmados de diversidades biológicas que les permiten respirar sin el uso de trajes especiales ¿o debería decir espaciales?, que nunca visitaran Acuaman ni la Sirenita. Aunque hubo naves, como la de Colón y la Reina Isabel -¿será la misma que murió hace poco?- que tuvieron la suerte de navegar sobre las aguas donde no bajarían los viajeros del espacio sideral, aunque tal vez sea posible después del año 23-60-841 guiados por el “Gun Club” de Verne. Colón no contó con la suerte de llevar en sus naos esos “duplicadores de alimentos” de las naves espaciales, como sí la tienen en la Terok Nor (en cardassiano), rebautizada por la Federación como Espacio Profundo 9 (en ese año estelar todavía los nuevos gobiernos reinauguran las obras terminadas del gobierno anterior).
Las de Colón tampoco fueron dotadas de “teletransportador”, así que tuvieron que llegar a la orilla en otras naves más pequeñas. No encontraron razas de vulcanos, cardassianos, bajoranos, klingon, ferengis…, sólo humanos raza macuro que mientras miraban a los extraños gritaban “macuro, macuro”. Como tampoco tenían traductores universales no entendieron, en el momento, que macuro traducido dice “hombre malo”. Rodrigo el de Triana, entendió que era un terminal turístico y le dijo a Colón, que “esa gente cariñosa son del transporte que lleva a Macuro”. Y ciertamente eran de raza humana kariña… .
De pronto recordé que no soy Trill. Sólo que la atracción en la trama de la Estación Espacial me provocó comer chucherías. Revisé la alacena y me encontré frente a un paquete sin abrir de harina de maíz tostado, esa de maíz cariaco, vale regresar a los kariña, y decidí buscar la receta del “pan de horno” para preparar esas galletas crujientes, secas, que no requieren vigilancia constante mientras las horneas. La búsqueda me llevó a un artículo donde son mencionados varios autores de la mitad del s.XX, quienes atribuyen sabores insípidos a la comida venezolana. ¡Por el Dios de los klingon! Sacrílegos. No leeré más sus recetas. Al rato, aún con la calentura con esos autores de letras sobre comidas venezolanas, en vez de cotufas, me deleité con el sabor indígena de una docena de pan de horno.
Alguien debe estar inventando el replicador de alimentos para esas naves del futuro. Ojalá se les ocurra incluir a las hallacas, arepas, empanadas y dulces de frutas y tubérculos venezolanos en esos “aparecedores” de comidas, aunque por el momento sean pura ficción. Hoy procuraré adelantarme a preparar las golosinas que llamo “kit de televisión”, pero, para llevarles la contraria a esos chef-críticos gastronómicos de los sabores indígenas, coloniales y contemporáneos de nuestro crisol cultural, no prepararé ninguno de sus dulces, me iré por lo más ancestral, por algo muy kariña: casabe con mantequilla de sésamo y chicha de maíz con miel, cacao y ají “hasta el infinito y más allá”. Uy! Ese es de “Toy Story”
Fondo de la imagen cortesía de Star Trek - Deep Space Nine
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